JOY DIVISION: cuatro años, dos discos
Cuatro años. Dos discos. Eso fue todo, y todavía no se acaba.
Manchester, gris
Finales de los setenta. Manchester había sido la fábrica del mundo y ya no lo era. Fábricas cerradas, bodegas vacías, bloques de concreto, lluvia. Poco trabajo y menos plan. De ahí sale esto: de una ciudad cansada.
En 1976 los Sex Pistols tocaron en el Lesser Free Trade Hall de Manchester, ante muy poca gente. Bernard Sumner y Peter Hook, dos amigos de Salford, estaban ahí. Salieron decididos a armar una banda casi sin saber tocar. Después llegaron Ian Curtis a la voz y Stephen Morris a la batería. Primero se llamaron Warsaw. Luego, Joy Division.
El sonido
El punk era rápido y rabioso. Ellos bajaron la velocidad. El bajo lleva la melodía, la batería suena a máquina, la guitarra es fría y la voz de Curtis viene de muy abajo. A eso después le pusieron nombre: post-punk.
Tony Wilson, presentador de televisión en Manchester, los metió en su sello, Factory Records. Martin Hannett los produjo y les puso espacio: eco, silencio, distancia. En junio de 1979 salió Unknown Pleasures.
La portada es de Peter Saville. Negro, unas líneas blancas, ni el nombre de la banda ni el título al frente. Las líneas son los pulsos de radio de CP 1919, el primer púlsar que se descubrió, sacados de una enciclopedia de astronomía. Una estrella muerta mandando señal. No explicaron nada. No hizo falta.
18 de mayo de 1980
Curtis tenía epilepsia. Las crisis empeoraron, a veces en pleno concierto. A eso se sumaban la depresión, un matrimonio que se caía y una banda que no paraba de crecer.
El 18 de mayo de 1980, un día antes de viajar a su primera gira por Estados Unidos, se quitó la vida en su casa, en Macclesfield. Tenía 23 años.
No hay nada poético ahí. Era un muchacho enfermo que necesitaba ayuda y no la tuvo a tiempo. El mito vino después y a él no le sirvió de nada.
Closer salió dos meses más tarde. Los otros tres siguieron con otro nombre: New Order.
Lo que dejó
En música, casi todo lo oscuro que vino después pasa por ahí. En diseño, Saville demostró que una portada puede no decir nada y decirlo todo. Esas líneas terminaron en camisetas por todo el mundo, muchas veces encima de gente que nunca oyó el disco.
Y la ropa. Se vestían como oficinistas de una ciudad sin oficinas: camisa abotonada, pantalón de tela, pelo corto, abrigo gris. Nada de crestas ni taches. En pleno punk, eso era lo más raro que se podía hacer. Años después, Raf Simons llevó los gráficos de Saville a una colección entera.
Por eso están aquí. No se disfrazaron de nada. No se explicaron. Hicieron lo suyo, serios, en una ciudad que no esperaba nada de nadie.
Si estás pasando por algo pesado, háblalo con alguien. Eso tampoco es raro.